CERTIFICACION Y RECONOCIMIENTO DEL APRENDIZAJE: VIEJOS PROBLEMAS, NUEVOS DESAFIOS
Fernando Vargas Zúñiga*
Me falta la preparación, señor, qué puede hacer un pobre hombre sin preparación…
Podía presentarse como autodidacta, producto de su propio y digno esfuerzo,
no es ninguna vergüenza, antes la sociedad se enorgullecía de sus autodidactas…
José Saramago. Historia del Cerco de Lisboa.
Abstract
This article reviews briefly the background of actions to certify labor capacities, carried out by vocational
training institutions in the Latin American and Caribbean region. It mentions the current concept of certification and the different meanings usually ascribed to this term, associated with economic growth, competitiveness, and productivity, as well as with the configuration and development of human capital. It describes the potential of certification mechanisms as a driving force for ongoing learning; reviews new conceptions that, in relation to certification, has made explicit ILO Recommendation 195; and finally it
analyzes some of the main challenges posed by the task of institutionalizing systems to recognize knowledges and competences.
Keywords: Certification; Occupational Certification; Concept; ILO Recommendation 195; Certification of Competence; Certification System; Latin America; Caribbean.
VIEJOS PROBLEMAS Y NUEVOS DESAFÍOS
Calificar algo de viejo y analizar sus
tendencias, en medio de la turbulencia
y velocidad de los tiempos que corren,
puede tornarse en un ejercicio de improbable
resultado. Sin embargo, para
no ir muy atrás en el tiempo, me cabe
recordar que por los años 80, cuando
trabajaba en el SENA1 de Colombia,
participaba de interesantes análisis y
debates en torno a la necesidad de validar
las capacidades laborales de los
trabajadores, aquellas que no habían
sido desarrolladas en un ambiente educativo
formal. Las instituciones de formación
profesional, desde siempre, han
tenido la capacidad de preocuparse por
conceptos que entrañan en si mismos
una mayor flexibilidad en sus respuestas;
por ejemplo, en 1976 el INA2 de
Costa Rica fue pionero en la región al
desarrollar un modelo institucional para
la certificación ocupacional, concebida
como el reconocimiento formal de capacidades
laborales sin importar como
fueron adquiridas. Cinterfor/OIT, a
mediados de la década de los 1970,
estructuró y ejecutó un proyecto sobre la entonces denominada “Certificación
Ocupacional”. Hoy en día, el debate
sobre el tema y los avances que se registran
en varios países, también dan una
muestra de la importancia del tema en la
agenda de desarrollo del talento humano.
Baste mencionar a Chile donde el
proyecto para la educación permanente
“Chile Califica”3 desarrolla un componente
de certificación de competencias;
Colombia, donde el SENA impulsa la
certificación en el marco de un sistema
nacional de formación para el trabajo;
México, donde se creó en 1996 el Consejo
de Normalización y Certificación
de Competencia Laboral con un arreglo
institucional especializado; y Brasil, que,
como hecho reciente, exhibe la conformación
de la Comisión Interministerial de Certificación Profesional4.
Objetivos de la Comisión Interministerial de
Certificación Profesional creada en Brasil:
a) Revisar conceptualmente y analizar las experiencias
existentes en el área de la certificación profesional.
b) Analizar las necesidades y prioridades nacionales y proponer
estudios de caso o proyectos piloto en áreas estratégicas.
c) Elaborar y presentar una propuesta para la institucionalización
de una política nacional de certificación profesional.
d) Proponer una metodología de consulta pública sobre la
propuesta.
En las experiencias y deliberaciones
actuales, suelen encontrarse diferentes
acepciones para problemas similares
que usualmente tienen que ver con reconocer,
validar o “certificar” una capacidad
laboral, y porqué no decirlo en
los tiempos que corren, una competencia
laboral.
Certificación ocupacional y
flexibilidad de la formación
Las primeras experiencias sobre certificación
se encuentran en las instituciones
de formación profesional de la
región justamente por los años 1970
cuando aún no se advertía la velocidad
del cambio en los ambientes laborales y
en las condiciones y contenidos del trabajo.
Las acciones de certificación se
concentraban en “validar” capacidades
laborales desarrolladas con la experiencia,
facilitar a su poseedor el acceso a un
itinerario formativo y a los nuevos contenidos
y habilidades que la validación
hubiera revelado como “faltantes”. El
propósito de estos programas no era
solamente el de expedir un “diploma” o
“título”, sino también identificar los
vacíos teórico-prácticos de los candidatos
y ofrecerles oportunidades de formación
que remediaran tales falencias.
Por esos días ya la formación modular
era de uso cotidiano en varias
instituciones, con la cual se podían validar
algunos módulos y entonces cursar
los módulos restantes. El resultado
era una notable economía de recursos
en los programas de formación. Tal
ahorro, nacido de una idea básica y funcional,
se reflejaba
en la buena cantidad
de sillas en
aulas y puestos de
trabajo en talleres
didácticos que se
ocupaban con
quienes realmente
lo requerían. El paradigma
del tiempo
lineal y prefijado
en los programas
de formación
se había quebrado;
la formación modular demostró desde
los años 1970 que cualquier persona con
conocimientos y habilidades desarrollados
en ambientes diferentes al centro de
formación podía someterlos al reconocimiento
y validación ulterior.
Simultáneamente, esa primera característica
de lo que hoy puede llamarse
formación flexible planteó un problema
enorme a la administración educativa
de los centros de formación y de
las instituciones de formación. Los sistemas
estadísticos no estaban diseñados
para manejar una unidad de información
más allá del concepto de grupo
con un número de participantes fijo, el
que solo cambiaba por efecto de quienes
abandonaban tempranamente y quedaban
irremediablemente incluidos en
las estadísticas de “deserción” ya que
aún no se comprendía que lo hacían
para procurar un empleo e ingresos y
que, si encontraran abierta la puerta
para el siguiente módulo, bien podrían
reingresar y realizar el programa a su
propio ritmo.
Así es que, para muchas instituciones,
comprobar que la gente podía
aprender y desarrollar competencias por
fuera del aula y, más aún, que podía
avanzar en el proceso de formación a
diferentes ritmos se convirtió en un
problema de ingeniería pedagógica con
ribetes estadísticos y de gestión. Ni que
decir de las aristas que planteó este
problema para la administración de los
tiempos de los docentes, acostumbrados
a la tranquila planificación de una
clase en el aula con un grupo debidamente
marcado e integrado siempre
por las mismas personas. ¿Como admitir
la diversidad en el avance? ¿Qué
hacer ante un nuevo participante que
no acudió a los módulos anteriores o
con el que probablemente reingresará
al módulo del mes siguiente?
Las Instituciones de Formación
avanzaron notoriamente en su capacidad
técnico pedagógica con la adopción
de mecanismos de formación flexible
basados en la modularización; sin
embargo se debe admitir que resta todavía
mucho camino que recorrer en
este desafío de pasar de la programación
y ejecución de acciones por períodos
fijos de tiempo, con los mismos
grupos y con los mismos contenidos, a
posibilidades más abiertas que reconozcan
la diversidad en el bagaje de
competencias, intereses y ritmos de
aprendizaje.
Resulta claro que la práctica de un
proceso de validación de saberes, reconocimiento
de competencias o de aprendizajes
previos, entre los muchos nombres
con que se le conoce, requiere de
una dosis de flexibilidad en la formación,
de una nueva ingeniería pedagógica.
Para ilustrar este tema, nada más
piense el lector en varias realidades:
primero que –no obstante no disponer
de cifras totalmente elaboradas-, las
experiencias en países europeos y la
que se ha adelantado en México permiten
inferir que de un total de 100 candidatos
a certificación no más de 15 a 20
pueden demostrar las capacidades y
competencias necesarias para alcanzar
su reconocimiento una vez superadas
las pruebas; entonces ¿que hacer con
los 85 a 80 restantes? Y si se les ofrecen
a éstas personas las posibilidades de
capacitación para adelantar con éxito
las pruebas en una segunda oportunidad,
¿cómo organizar una oferta para
sus dispares necesidades formativas?
¿Se deberían programar nuevos cursos
a la medida de sus necesidades? ¿Se
permitiría su ingreso en cursos ya avanzados?
¿Se precisaría material y ejercicios
autoformativos para facilitar su
avance por fuera de la escuela?
Es decir, no se puede pensar en la
certificación con la misma lógica de
abrir y cerrar una oferta formativa en
forma temporal y cíclica. Un requisito fundamental para los procesos de reconocimiento
de saberes es la inmediata
relación que éstos deben tener con posibilidades
de complementación y desarrollo
de las capacidades que la evaluación
haya evidenciado como faltantes.
Lo central en las acciones de certificación
es su capacidad como fuerza
motivadora, como incentivo para la
reinserción de los trabajadores en programas
de formación profesional, haciendo
realidad el concepto de aprendizaje
permanente.
El programa “Chile Califica”:
Desarrolla cuatro componentes enmarcados
en la filosofía del aprendizaje
permanente: nivelación de estudios, capacitación
laboral, mejoramiento de la
formación técnica y certificación de
competencias laborales.
Para certificar las competencias se desarrolla
un proceso de evaluación por
parte de organismos especializados, al
que pueden ingresar individualmente o
presentados por empresas.
www.sence.cl
www.chilecalifica.cl
Nuevos alcances para el término
“certificación”
Considerando la gran cantidad y variedad
de experiencias que se desarrollan
en este campo, conviene diferenciar
entre los conceptos a los que se convoca
cuando se hace alusión al término
“certificación”.
Tradicionalmente en el lenguaje de
la formación profesional, la certificación
se ha entendido como el reconocimiento
de capacidades adquiridas,
normalmente en el trabajo, sin importar
cómo y dónde lo fueron. Los mecanismos
de certificación, en este caso,
mantienen un alcance circunscrito al
ámbito de la oferta de la Institución
Nacional de Formación. Las experiencias
que citamos al comienzo de este
trabajo ciertamente aportan al desarrollo
de capacidades pero, al prevalecer
la tradicional separación entre
formación profesional y educación
formal, no se suelen reconocer en
otros ámbitos más allá de la educación
profesional.
Un segundo alcance dado al término
“certificación” nace de su aplicación
en distintas experiencias
en las cuales competencias certificadas
pueden comprometer
la integridad de las personas o
la salud pública. A ésta se la
denominó “certificación habilitante”
durante el proyecto
que desarrolló
Cinterfor/OIT. Su
principal diferencia
con la certificación
basada en
el reconocimiento
de habilidades
previamente
adquiridas
está en
que, si bien aquella
por lo general es de
carácter voluntario, ésta
es obligatoria para el desempeño
laboral y, por lo
general, se encuentra vinculada
con normas legales que establecen
las características de la formación
requerida y reglamentan el proceso
de certificación.
Actualmente se pueden distinguir
por lo menos dos variaciones más en el
uso del concepto “certificación”. Una
de ellas se refiere a los certificados expedidos
usualmente por un particular
(corporación o empresa) cuyo ámbito
está circunscrito a cierta capacidad o
competencia asociada a dicha empresa;
en algunos casos cuenta con normas
validadas e incorporadas al sistema nacional
de normalización técnica. La otra,
de más reciente advenimiento, comprende
el proceso de certificación para
reconocer las capacidades laborales,
pero dentro de un claro marco nacional
que facilita el aprendizaje permanente,
es decir, que motiva a la persona a
complementar las competencias que
no posee a fin de alcanzar mayores
logros educativos y profesionales reconocidos
todos ellos en un marco nacional5. Este marco nacional debería
disponer de un camino o trayectoria de
desarrollo en el cual no se diferencia
entre los logros obtenidos en la formación
profesional,
en la educación
formal, o mediante
el reconocimiento
de aprendizajes
informales. Es decir,
estas opciones,
aunque de distinta
fuente, agregan en
el volumen de conocimiento
y capacidades
de las personas;
por tanto,
no se consideran
caminos separados, a la hora de acreditar
un cierto nivel de competencia del
poseedor de un certificado.
Esta última acepción, inmersa dentro
del concepto del aprendizaje permanente,
involucra profundamente el
interés público desde la perspectiva de
formulación de las políticas nacionales
de educación profesional y desarrollo
de los recursos humanos de un
país o incluso dentro de una región,
como lo marcan los avances que al
respecto se registran en la Unión Europea6.
Esta acepción, se venía diciendo,
representa el significado más actualizado
y el más amplio alcance para el
término “certificación” y se asocia no
solo con el reconocimiento y la transparencia
en las cualificaciones sino
también con la accesibilidad a nuevas
oportunidades de aprendizaje, el desarrollo
del capital humano y la motivación
a las personas para continuar
participando de las acciones de formación
continua o permanente. Al respecto
conviene repasar, así sea brevemente,
los contenidos de la nueva
Recomendación de la OIT sobre desarrollo
de los recursos humanos.
Certificación de competencias y
nuevas realidades laborales: la
Recomendación 195 de la OIT
La Recomendación 195 de la OIT7
sobre desarrollo de recursos humanos
ha permitido avanzar notablemente
en la comprensión de los nuevos conceptos
del mundo de trabajo; es más,
se ha ocupado de definir varios de
esos nuevos conceptos en un esfuerzo
de homologación
que, sin duda, se
reconocerá cada
vez más hacia el
futuro.
Uno de los primeros
temas que
la Recomendación
195 expone es el
de aprendizaje
permanente, que
“engloba todas las actividades
de aprendizaje
realizadas a lo
largo de la vida con el fin de desarrollar las
competencias y cualificaciones”8. Al reconocer
que el desarrollo de las capacidades
de las personas se da mediante todas las
actividades de aprendizaje9, deja claro
que el aprendizaje en el trabajo y en la
vida misma es susceptible de reconocimiento
y acumulación.
El término “Competencias” abarca los
conocimientos, las aptitudes profesionales
y el saber hacer que se dominan y
aplican en un contexto específico;
El término “Cualificaciones” designa
la expresión formal de las habilidades
profesionales del trabajador, reconocidas
en los planos internacional, nacional
o sectorial.
OIT. Recomendación 195 sobre
el Desarrollo de los Recursos Humanos.
Una importante diferenciación
conceptual que realiza la Recomendación
se refiere a los términos “competencias”
y “cualificaciones”, tema que ha
sido objeto de no pocas discusiones y
análisis. La Recomendación hace una
distinción que puede llegar a ser fundamental
en el concepto ulterior de
certificación al dar a la palabra “cualificación”
la dimensión de reconocimiento
de las capacidades formales
del trabajador. En este sentido podría
afirmarse que una competencia demostrada
se reflejaría en la posesión
de una cualificación, siendo ésta última
la expresión formal de tales capacidades.
La distinción entre competencias y
cualificaciones abre un campo de análisis
al término certificación. En este
caso el concepto se asocia con el reconocimiento
de las capacidades profesionales
aunque se hayan adquirido por
medios formales o informales y ampliando
la recomendación incluso al
reconocimiento de las competencias de
trabajadores migrantes. En el capítulo
que la Recomendación dedica al tema
del reconocimiento y certificación de
las aptitudes profesionales se puede
apreciar que se conjuga la necesidad de
disponer de un marco nacional sobre
las cualificaciones, con la recomendación
explícita a los países miembros
para que adopten mecanismos de reconocimiento
y certificación integrados
en dicho marco.
La Recomendación también plantea
la necesidad de elaborar herramientas
de evaluación vinculadas a normas,
probablemente refiriéndose a estándares
de competencia laboral, necesarios
en la definición de los perfiles ocupacionales
y de los distintos niveles de
competencia. Además indica que estos
estándares deben ser elaborados con la
participación de todos los involucrados,
empresarios, trabajadores y sector
gobierno.
Deberían adoptarse medidas, en
consulta con los interlocutores sociales
y basándose en un marco nacional
de cualificaciones, para promover
el desarrollo, la aplicación y
el financiamiento de un mecanismo
transparente de evaluación, certificación
y reconocimiento de las aptitudes
profesionales, incluidos el
aprendizaje y la experiencia previos,
cualquiera que sea el país en el que
se obtuvieren e independientemente
de que se hubiesen adquirido de
manera formal o no formal.
OIT. Recomendación 195 sobre el
Desarrollo de los Recursos Humanos.
Además, una reciente recomendación
conjunta de OIT y UNESCO sobre
educación técnica y profesional se
refiere al reconocimiento de los aprendizajes
previos para facilitar el acceso al
nivel educativo técnico: “Deberían tomarse
medidas de gran alcance para que cada
persona, sea cual fuere su preparación previa,
pueda proseguir su educación general y profesional,
facilitando vías por las cuales los
educandos puedan transitar sin tropiezos,
mediante la articulación, el reconocimiento y
la convalidación de toda formación y experiencia
laboral pertinente que hayan adquirido
anteriormente”10. La certificación para
proseguir estudios está contenida en la
legislación brasileña, pero su implementación
todavía dista de ser una actividad
de acceso masivo.
Conocimiento, capital humano y
certificación de competencias
El concepto de capital humano,
desgastado en su uso por la teoría económica
tradicional, ha sido recientemente
“revisitado”; actualmente se concibe
en función de las capacidades y
competencias de las personas o de la
población activa que integran la capacidad
laboral de un país11. El volumen de
competencias que integran y conforman
al capital humano se asocia directamente
con la competitividad del país;
las modernas teorías de competitividad
aceptan claramente la incidencia del
nivel de competencias de su capital
humano en la productividad y competitividad
nacionales12. Más también, en
la sociedad de la información y el conocimiento,
estos dos factores se consideran
pilares de la competitividad, razón
por la cual se requieren formas más
transparentes para medir y expresar el
conjunto de competencias desarrolladas
por las personas, sin importar la
fuente, el lugar o la forma como accedieron
a tales capacidades. Ello trae
aparejada la idea según la cual la educación
formal no es la única proveedora
de competencias y por lo tanto plantea
la necesidad de concebir las posibilidades
de crecimiento de las personas en
un amplio conjunto integrado por todas
las acciones de aprendizaje desarrolladas
a lo largo de la vida.
Entre las tendencias y turbulencias
que viene exhibiendo el mercado de
trabajo se destaca la demanda por competencias
“clave” relacionadas con el
trabajo en equipo y la solución de
problemas; más también, cada vez cobra
más importancia el grupo de competencias
básicas que tienen que ver
con la operación con números y la
comunicación efectiva en forma oral y
escrita, así como con la comprensión
del material leído. Tales competencias
se adquieren, o deberían adquirirse,
fundamentalmente, en la educación y
se desarrollan y utilizan intensivamente
en el trabajo. Podríamos incluir en
este grupo a las competencias relacionadas
con el conocimiento y uso de las
tecnologías de información y comunicaciones.
Esta nueva configuración de las
demandas laborales trasciende a la expresión
meramente académica o de simple
transferencia de conocimientos y
comporta un contenido funcional expresado
en su “aplicabilidad” o “uso”;
de ahí que en muchas experiencias internacionales
se están definiendo niveles
de competencia como mejores indicadores
del potencial humano. Aunque
existe una clara relación entre nivel de
competencia y educación, ni toda la
educación contribuye a desarrollar un
cierto nivel de competencia, ni todo
nivel de competencia requiere una dosis
exclusivamente de fuente educativa.

Tradicionalmente la capacidad de
competir y el acervo de capital humano
de una economía fueron asociados de
modo central con indicadores de escolarización.
Uno de los ratios más utilizados
para definir la proporción de los no incluidos en el sistema educativo
fue la tasa de analfabetismo; sin embargo,
análisis más recientes han utilizado
otras medidas que cubren el volumen
de competencias disponibles y que integran
el nuevo concepto de capital
humano. Esta tendencia va de acuerdo
con la idea de que el indicador “años de
escolaridad” no necesariamente refleja
las capacidades funcionales y de desempeño
en la vida y el trabajo, idea que
se expresa en la frase “la escuela usualmente
está en capacidad de medir el conocimiento
transferido a sus alumnos pero no sus
competencias”13.
Las competencias básicas definidas por
la Unión Europea cubren las tecnologías
de información, idiomas, cultura
tecnológica, espíritu empresarial y habilidades
para la socialización.
Unión Europea. Memorando sobre
el aprendizaje permanente. 2000.
El auge de las encuestas internacionales
relacionadas con el desarrollo de
competencias ha correspondido a la dura
evidencia de varios países de la OCDE14
según la cual un importante porcentaje
de adultos, con niveles de educación
superior, no conseguían resolver una
prueba matemática consistente en calcular
los intereses devengados en una
sencilla transacción o no podían explicar
la idea subyacente después de leer un
corto texto15. Tras el número de años en
la escuela se esconden innumerables
problemas y matices referidos a la calidad
educativa, los contenidos de las
materias, la intensidad horaria etc.; de
ahí se puede inferir que no basta a un
país aplicar una mayor inversión en educación
para que esto se refleje en mayores
logros educativos o, como se verificó
en Chile y Uruguay, no necesariamente
un alto índice de escolaridad se
refleja en una buena provisión de competencias
para la vida y el trabajo16.
Este tipo de pruebas, que inicialmente
cubría a los países miembros de
la OCDE, se ha extendido a tal punto
que la última versión de PISA (Programa
Internacional de Evaluación de
Estudiantes), en 200317, se aplicó en 41
Estados, entre los que estuvieron Brasil,
México y Uruguay. Los estudios
internacionales, y otros muchos nacionales,
sobre el desarrollo de competencias,
han tendido a mostrar que el capital
humano, aunque está altamente asociado
con la escolaridad, se configura
también en otros escenarios diferentes
a la escuela, que pueden incluir la estructura
familiar, la experiencia en el
trabajo y el tipo de relacionamiento
social, entre otros.
Es claro que, al analizar los indicadores
nacionales sobre inversión en
educación y compararlos con los desempeños
en competencias básicas, se
advierte que una mayor inversión en
educación no necesariamente se refleja
en un mayor acervo de competencias.
Por otro lado, aunque en la muestra de
la tabla anterior la tasa de alfabetización
se correlaciona positivamente con
los resultados de PISA, otros países
con tasas de alfabetización cercanas o
superiores al 97% obtuvieron resultados
sensiblemente mayores18.
Es creciente el interés sobre las experiencias
nacionales que están perfeccionando
nuevos marcos de referencia
para el desarrollo de competencias. Se
está sosteniendo un debate a nivel internacional
sobre los nuevos marcos
nacionales de cualificación19 que están
en uso en países como Inglaterra, Irlanda,
Nueva Zelanda, Sur África y cuya
factibilidad se está analizando en otras
experiencias como la de México, Colombia
y Chile.
Con estos arreglos se suelen establecer
varios niveles de competencia
que se asocian con la educación formal
y la educación profesional, a los cuales
se puede acceder con educación, experiencia
o una mezcla de ambas, debidamente
certificada. A nivel nacional permiten
estimar el porcentaje de la población
que pueda, dadas sus competencias,
estar en cada nivel de competencias.
Cada nivel describe un conjunto
de capacidades relacionadas con la combinación
de conocimientos teóricos y
prácticos y su aplicación en condiciones
reales; en suma, un grupo de competencias.
Estos niveles se pueden comparar
internacionalmente y dan una idea
más clara de la posición competitiva
relacionada con el capital humano de
un país en particular20. Más allá de eso,
al disponer de un marco de clasificación
sobre la base de niveles de competencia
del capital humano, se puede
avanzar en el diseño de posibilidades
de movilidad entre los distintos niveles.
Bajo esta óptica se entiende que un
sistema de certificación es muy útil para
propiciar y permitir la transferencia y
valoración de conocimientos entre diferentes
ambientes tales como la escuela,
la vida y el trabajo.
Un recurso para la certificación
de competencias: El marco nacional
de cualificaciones.
Un marco nacional de cualificaciones
por lo general posee y define varios
niveles de “competencia” que corresponden
a diversos grados de complejidad
del desempeño y aplicación de
conocimientos, entre otros. Incluye
también la definición de las condiciones
de movilidad y ascenso que incluyen
la equivalencia entre educación
y formación para el trabajo así
como el reconocimiento de competencias.
Su uso más importante es el
de servir de referente al Sistema Nacional
de Formación de un país, entendido
éste último como el conjunto de
políticas, normas y arreglos institucionales
dedicados al desarrollo de las
capacidades laborales de las personas.
Los caminos en la carrera laboral de
las personas están determinados por la
educación y por la experiencia o por la
combinación de ambas; pero la educación
todavía suele verse como una posibilidad de una sola vez en la vida,
donde el nivel alcanzado determina los
logros laborales posteriores. En esta
nueva concepción, el desarrollo de competencias
por vías diferentes a la educación
formal tiene posibilidades de reconocimiento
y puede facilitar el ascenso
de uno a otro nivel de competencias.
Cada nivel en el marco nacional de
cualificaciones está asociado con un
nivel educativo, pero se admite que las
posibilidades de alcanzar un determinado
nivel dependen no solo de la educación
sino, también, de las capacidades
y competencias demostradas.
Una de las razones por las que se
aboga hoy en día por los mecanismos
de certificación es la de mejorar la
transparencia en las certificaciones de
origen educativo, dando cabida a las
competencias desarrolladas bajo la filosofía
del aprendizaje permanente, es
decir, valorando todos y cada uno de
los aprendizajes sin importar su fuente
de adquisición. Lo anteriormente
expuesto nos lleva a apoyar la idea
según la cual un sistema nacional de
certificación debe propiciar el aprendizaje
permanente y el reconocimiento
de las competencias de los ciudadanos
desarrolladas en distintos ambientes,
todo ello en un marco nacional
que permita hacer realidad la filosofía
de la educación a lo largo de la vida.
Algunos desafíos en el funcionamiento
de los sistemas de certificación
La intensidad de los debates y trabajos
que se vienen desarrollando en la
región sobre este tema nos permite ubicar
algunos de los desafíos que se han de
enfrentar para disponer de verdaderos
mecanismos de reconocimiento de las
competencias, que apoyen y motiven a
las personas para continuar su educación
profesional y que sirvan como medio
de promoción y modernización del
mercado de trabajo dotándolo de mayor
transparencia. Son muchos, sin duda,
los desafíos; nos detendremos a esbozar
algunos de ellos cuyo orden nada tiene
que ver con su importancia.
Un buen certificado se basa en el
reconocimiento de las competencias
poseídas; pero, ¿como garantizarlo
efectivamente? El dilema de
la buena evaluación
El proceso de certificación lo es
ante todo de reconocimiento de competencias.
Tales competencias deben
ser previamente identificadas e integradas
en un marco de referencia que,
como se ha visto, puede estar integrado
por niveles y además tener una cobertura
nacional, o sectorial.
Un desafío inicial se encuentra en
acertar en la elaboración de las normas;
para ello es necesario contar con la
mayor representatividad posible, esto
es, lograr la participación de las empresas,
los trabajadores y las instituciones
de educación profesional. El otro reto
es el de diseñar mecanismos de evaluación
precisos y fiables. Más allá de la
dificultad para identificar las competencias
en medio de la abundancia de
corrientes, escuelas y modelos, llegar a
reconocer el desempeño competente
requiere de varios cuidados para evitar
que los estándares de competencia se
conviertan en situaciones ideales de
trabajo difícilmente contrastables o sobredefinidas,
así como para desarrollar
mecanismos de evaluación que midan,
sin excesos en la solicitud de evidencias
o en las pruebas aplicadas, la posesión
o no de las competencias requeridas.
Varias experiencias en el mundo ya
han transitado por problemas de sobredefinición
en sus evaluaciones de
competencias y han perfeccionado
poco a poco sus instrumentos de recolección
de evidencias y de verificación
de conocimientos21. América Latina
tiene una gran ventaja en la experiencia
educativa de las Instituciones de
Formación Profesional en diseño y
aplicación de la evaluación como parte
del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Las técnicas de evaluación y los
principios pedagógicos en los que se
basan han evolucionado desde la mera
comprobación de la posesión o no de
cierto conocimiento o habilidad. En la
actualidad la aplicación de la evaluación
basada en criterios ha aportado a
la modernización de las técnicas de
evaluación y ha planteado un desafío a
las instituciones. En todo caso es innegable
que el proceso educativo comprende
la evaluación y se retroalimenta
de ella. La evaluación de las competencias
previamente adquiridas no
puede ser un evento aislado de una
concepción formativa; no existe la mejor
técnica para evaluar competencias
y, menos aún, que se pueda separar
plenamente de la formación22. La evaluación formativa permite detectar las
falencias y baches e insta al candidato
a continuar su formación para alcanzar
sus objetivos. Una buena evaluación
de competencias es parte del proceso
formativo y no apenas un trámite
para avanzar hacia el certificado.
Siempre que existan organismos
con capacidad para generar algún
tipo de certificación existirá la posibilidad
de que lo hagan. El dilema
del “mercado de certificación”
El mercado de certificación o, mejor
dicho, la aparición de diferentes
certificaciones ha venido expandiéndose
en los últimos años por diferentes
causas. Los modelos de certificación
internacional de calidad, así como
la tendencia de diferentes marcas comerciales
a diferenciarse mediante la
creación de certificados de desempeño
bajo sus patrones técnicos o de
servicio, han facilitado la generalización
mundial de certificados en ciertas
áreas especializadas como la informática
y los sistemas de procesamiento
de información.
De hecho, a la globalización le cabe
mucho peso en el impulso a esta tendencia.
Un certificado reconocido y
con un “sello de calidad” implícito
será apreciado y valorado inmediatamente.
Es innegable que un certificado
tiene la capacidad de simplificación
en una relación comercial o en el proceso
de selección de recursos humanos.
El valor de un buen certificado
atrae con seguridad demandantes y
pronto termina por convertirse una
“moneda de curso común”. Ese es,
justamente, un valioso activo para los
certificados expedidos por las instituciones
de formación profesional. En
muchos países se aprecia la preferencia
de los empleadores por los certificados
expedidos por las instituciones
de formación; ello implica también el
reconocimiento a la calidad del proceso
de formación y evaluación.
No obstante, siempre habrá espacio
en el mercado para la aparición de un
nuevo organismo certificador; pero igualmente,
las experiencias internacionales
han demostrado que hay un mercado
para ciertas certificaciones y no lo hay
para otras. En la experiencia de CONOCER,
en México23, se notó claramente la
preferencia por ciertos certificados en
ciertos niveles de competencia. La información
disponible por los candidatos
hace, de algún modo, que prefieran
invertir su tiempo y sus escasos recursos
para procurarse una certificación en informática
o en la industria del vestido y
no hacerlo en el sector gráfico o en el
área contable. Quienes buscaron la certificación
trabajan en ocupaciones
de los niveles 1 y
2 de competencia (los más
bajos en la escala de 5 niveles
diseñada en México);
en tales ocupaciones, tal
vez, las credenciales educativas
no parecen ser efectivas
a la hora de enfrentar
un proceso de selección.
Adicionalmente, la
consolidación de un sistema
de certificación precisa
resolver, entre otros
temas, el del financiamiento.
Así que, quien ingrese
al mercado de certificación
como un negocio deberá
contar con la disponibilidad
a pagar por parte de
los trabajadores; para ello,
los beneficios esperados
por el candidato deben superar
al valor de su inversión
en tiempo y recursos.
Aquí se hacen más evidentes
las fallas de información
del mercado de
trabajo; por ejemplo, muchas
personas buscan las
certificaciones informáticas
convencidas de que redundarán en mejores posibilidades de
empleos e ingresos inmediatos; algunos
otros no cuentan con los mecanismos
de información para elegir el certificado
más apropiado a sus necesidades
y, por lo general, la existencia del certificado
no está articulada con caminos
de formación y desarrollo a lo largo de
la vida.
En esta perspectiva se ven más claras
las responsabilidades de las instituciones
nacionales de formación y de los
organismos públicos encargados de las
políticas de empleo y educación profesional,
dado que no basta con que se cree
un sistema de certificación circunscrito
a una determinada órbita sectorial; se
precisa además que todos los aprendizajes
permitan un crecimiento personal y
profesional que sea susceptible de reconocimiento
en el marco nacional de cualificaciones
y signifique siempre un avance
en el aprendizaje permanente de las
personas. Los mecanismos de certificación
aislados de oportunidades de formación
a lo largo de la vida son a la larga
económica y socialmente menos eficientes
que aquellos que integren la perspectiva
de la educación permanente y de la
agregación de los logros educativos y de
competencias de las personas.
La participación de los actores sociales
en la creación de opciones de
reconocimiento y certificación de las
competencias no solo es un problema
de representatividad; también lo es de
facilitar la conformación de un referente
que evite la duplicidad o el aislamiento
de los esfuerzos educativos que realizan
las personas.
Adicionalmente, los mecanismos de
certificación que se establezcan deben
mantenerse abiertos al ingreso de quienes
lo necesiten. Una característica necesaria
de tales procesos es que faciliten
la inclusión como principio básico;
así que, mientras más barreras erija el
sistema para el ingreso de las personas,
más alejado debe estar de la órbita del
interés público.
Dada la importancia de la certificación,
¿ quién debe realizarla, y
cómo? El dilema del modelo institucional
para la certificación y
su relación con la confiabilidad
La conformación de los arreglos
institucionales para la certificación es
uno de los mayores temas de debate
hoy en día a lo largo de la región. Una
de las primeras causas es la idea generalmente
arraigada de que, para certificar,
se requiere un nuevo arreglo y que
las instituciones de formación no pueden
ingresar en este panorama más que
como formadores.
Al respecto conviene recordar que
los modelos que han funcionado en
otros países no necesariamente funcionan
o deben trasladarse a otra realidad
sin el debido análisis y adaptación. Por
ejemplo, en el Reino Unido es típico y
muy normal el sistema de tercera parte
en el que se separa la evaluación de la certificación mediante la existencia de organismos especializados para cada
una de estas funciones. Sin embargo, la
evolución del sistema permite actualmente
que organismos evaluadores participen
en la formación bastándoles con
demostrar que mantienen separados los
dos procesos, el de formación y el de
evaluación, para garantizar la calidad
de su servicio.
Esta lógica no puede trasladarse de
facto a la realidad de países como Brasil
o muchos otros en Latinoamérica donde
existe una institución nacional de
formación capaz de facilitar en mucho
la elaboración de los perfiles de competencia,
conocedora de los procesos de
evaluación formativa y cuyo certificado
tiene un prestigio y una calidad indiscutibles
en el mercado.
La Unidad Técnica de Certificación
de Competencias en el Ministerio
del Trabajo, Empleo y
Seguridad Social. Argentina:
Fue creada en junio de 2004 con el
propósito de contribuir al reconocimiento
sectorial de las calificaciones de
las personas mediante procesos de evaluación
y certificación de competencias
laborales con base en normas construidas
y consensuadas entre los actores
del mundo del trabajo. Hace parte
del área de Calidad en la Dirección
Nacional de Orientación y Formación
Profesional.
www.trabajo.gov.ar
El diseño del proceso de evaluación
y certificación requiere de un previo
análisis y muy seguramente, tratándose
de modelos utilizados en otros
países, de su adaptación a las condiciones
locales. Existen varios temas
en los que necesariamente se deben
consultar a los actores, tal es lo que
ocurre con la frecuentemente citada
regla de la separación entre el ente
formador y el ente evaluador o entre
éste y el ente certificador. Ya en otros
documentos nos hemos dedicado en
profundidad a analizar los modelos de
certificación24 y baste ahora con señalar
que el diseño institucional para la certificación es una construcción social
en la que se deben nivelar y acoger
los intereses de todas las partes involucradas
en aras de crear un sistema
confiable y creíble25. La institucionalidad
del sistema es necesaria así como
el análisis previo a su implementación.
Lo más importante del certificado,
además de que certifique lo que realmente
dice, es que sea un bien demandado
y valorado; para ello el sistema
institucional que lo administre debe
estar dotado de las respectivas garantías
de calidad e idoneidad las cuales se pueden proveer con variados
medios.
Ya muchas instituciones
en la región han mostrado
su capacidad para elaborar
los perfiles de competencia
y los procesos de evaluación.
El SENA de Colombia, por
ejemplo, desarrolló un manual
de auditoria para el proceso
de evaluación y certificación
tendiente a preservar
la transparencia, lo que, en
el modelo inglés, se hace mediante
un control vertical de
evaluador a certificador, el cual se
ampara en el esquema de precios del
certificado.
Las experiencias de certificación
han de contar con una institucionalidad
definida y sólida, y sobre todo con
una clara conexión con mecanismos
de formación para el desarrollo ulterior
y la oferta permanente de vías de
avance. Concebir la certificación como
un mecanismo de reconocimiento y
generación de oportunidades de desarrollo
es lo que hace válida y necesaria
la intervención del Estado.
Los Ministerios del Trabajo, en su
visión de desarrollo de los recursos
humanos, encuentran en los mecanismos
de certificación una poderosa herramienta
para dos grandes fines. El
primero es el de facilitar la creación de
opciones de desarrollo del capital humano,
de acumulación de conocimientos
y capacidades; el segundo es el de
incrementar el potencial productivo y
competitivo del país mediante una sana
política de desarrollo de los recursos
humanos. Algunos, como en el caso
de Argentina, establecen un marco conceptual
sobre el tema para luego avanzar
en la implementación de las medidas
relativas a la formación y certificación
de las competencias26. En este
marco, los países que cuentan con Instituciones
Nacionales de Formación
tienen un gran espacio para trabajar
armónicamente con las políticas públicas
en función de buscar los mismos
objetivos. Al estar definidos los
estándares nacionales y un marco nacional
que comparten por tanto los Ministerios y las Instituciones, se tendrá
la certeza de que los esfuerzos
formativos y los logros de las personas
están integrados en un concepto de
desarrollo humano.
Al respecto conviene anotar que,
además de los Ministerios del Trabajo,
los Ministerios de Educación crecientemente
se interesan en el tema; muchos
están transformando la oferta
curricular hacia el enfoque de competencias,
intentando elaborar mediciones
de las competencias que se desarrollan
en la educación básica y media,
buscando caminos de acercamiento y
conexión entre la educación profesional
y la académica. En fin, entre más se
logre una articulación de los diferentes
actores a favor de una visión nacional,
más se podrá esperar de la efectividad
de los mecanismos de certificación
de competencias.
¿Cómo medir los beneficios de
los sistemas de certificación? El
dilema de los retornos de la
inversión en capacitación
Una discusión más reciente y de
alguna frecuencia se refiere al análisis
de los beneficios derivados de los sistemas
de certificación. Si se parte de la
base de que estos sistemas son útiles
promotores de la formación profesional
y, en general, del aprendizaje permanente,
se esperaría que, una vez
implantados, ocasionen cambios positivos
en la productividad y competitividad
nacionales.
Los países que han intentado registrar
los beneficios de los sistemas de
certificación han encontrado evidencias
de su relación con los niveles de
salarios. Ello es un buen augurio en el
entendido de que, con base en la teoría
económica, un mejor desempeño de la
productividad permite una mejor remuneración
de los factores productivos,
entre los que se encuentra el trabajo27.
Sin embargo, las observaciones
vistas corresponden a encuestas y
recolección de datos de largo plazo,
incluso de tipo subjetivo, por parte de
gerentes de recursos humanos. Lo cierto
es que no cabe esperar el resultado
automático entre la posesión del certificado
y la elevación del salario. Esta
posición se ubica al extremo y puede
disuadir a los empresarios ante la posibilidad
de emprender procesos de
formación y certificación para sus trabajadores
si estos son interpretados
de entrada solo como mecanismos de
elevación del salario.
Por otra parte, los aspirantes a empleos
usualmente demandan aquellos
certificados que perciben más útiles a
su empeño por encontrar un trabajo.
Así ocurre en el área de informática
cuya demanda es amplia no solo para
la formación sino también para la certificación
misma. En las experiencias
como las de México y Chile se viene
notando la preferencia y demanda por
este tipo de certificaciones; a Chile,
por ejemplo, ya ha llegado una certificación
internacional que, sin estar asociada
a alguna marca, ofrece reconocimiento
para varios niveles de trabajo
con computadores personales que,
dada la extraordinaria difusión de los
sistemas informáticos de oficina, pueden
ser considerados competencias
básicas en la mayoría de países del
mundo28.
Pero ¿en un país con un sólido
sistema de formación, puede tener
cabida una credencial diferente a la
que concedan las instituciones nacionales?
La respuesta va a depender de la
calidad y legitimidad del sistema. Nadie
pone en duda la idoneidad de un
certificado de SENAI, SENAC, SENAR
o SENAT en Brasil29, del INA
en Costa Rica, del INTECAP en Guatemala30,
del SENA en Colombia o de
cualquiera de las Instituciones Nacionales
aprestigiadas a lo largo de la
región. La vigencia que adquieren los
modelos institucionales de certificación
y el alcance que logren en cuanto
a la participación de los actores y la
conformación de espacios nacionales
– o regionales– de aprendizaje permanente
son cruciales
en el momento de
facilitar el acceso de
los trabajadores a
certificados aprestigiados
y de calidad.
Queda en evidencia,
de este
modo, la necesidad
de un buen arreglo
institucional para
dar confiabilidad y
validez al proceso
de certificación. Por
ejemplo, nada impediría
que un certificado
de competencias
de una Institución
de Formación
como SENAC fuera
reconocido y validado,
aún en otro
país, habida cuenta
de la calidad de la
formación y del proceso
de evaluación
llevados a cabo para
expedirlo. En la
perspectiva internacional
cada vez se
hace más necesario
que los países entren en acuerdos para
facilitar la creación de mecanismos de
homologación o reconocimiento regional
de los certificados de competencia.
Por parte de los empresarios, la
valoración del certificado suele tener
varias opciones. La más crítica, sobre
todo en ambientes donde no hay instituciones
nacionales financiadas con
aportes sobre las nóminas de sueldo,
se refleja en la baja propensión a invertir
en capacitación. Este fenómeno
se ha documentado en varios estudios
que diferencian propensiones altas a la
inversión en capacitación en las empresas
más grandes y más expuestas a
la competencia internacional y bajas
en las más pequeñas unidades empresariales.
De ahí que la decisión en el
momento de la selección suela favorecer
a quienes exhiben credenciales educativas
más altas, en un fenómeno que
se suele llamar el “sesgo de selección”
y que puede,
eventualmente,
desfavorecer a un
trabajador competente
para una
función específica,
pero que carezca
de credenciales
educativas,
ante uno no competente
para dicha
función pero
con un título de
educación formal.
He ahí una
de las características
de inclusión
que deben tener
los sistemas de
certificación y
justamente uno
de los más difíciles
desafíos. ¿Podrá
equipararse
algún día un certificado
de competencias
con una
credencial educativa?
Si intentara
responderlo acudiría
a un caso
ocurrido en Colombia, cuando, ante
una aguda escasez de soldadores especializados
en oleoductos, la industria
petrolera se veía obligada a ofrecer
sueldos dos y tres veces mayores al
promedio de lo que podía aspirar un
egresado universitario de ingeniería.
En este caso, el certificado de competencia
propiciaba un mayor retorno a
su poseedor que el certificado universitario
– un evidente claro contraste
de oportunidad entre un certificado
de competencia y una credencial educativa.
Era claro el mensaje que el mercado enviaba, de modo que la oferta
de formación y también de “validación”
para técnicos soldadores debió
ampliarse para atender esta demanda
insatisfecha. No obstante, en muchos
casos, la situación ocurre más bien al
contrario: ante una escasa oferta de
empleo, las credenciales educativas
tienden a ser más apreciadas, aún para
cargos de menor nivel de competencia
que el nivel educativo exhibido.
Algunas conclusiones
El reconocimiento de los logros y
las capacidades laborales o, mejor dicho,
de las competencias sigue ahora
más vigente que nunca y, a diferencia
de la concepción tradicional, tal proceso
exhibe una ganancia conceptual derivada
de la inserción de los sistemas de
certificación en la valoración del capital
humano y su correspondiente impacto
en el crecimiento económico.
Las características actuales del mercado
de trabajo han agudizado la necesidad
de desarrollar mecanismos de reconocimiento
de las competencias adquiridas
por medios diferentes a la escuela
o al centro de formación. Ello por
distintas razones, entre las que se puede
contar la cada vez más frecuente
alternancia entre períodos de empleo y
desempleo que afrontan los trabajadores
ante las formas nuevas de contratación
y ante la necesidad temprana de
vincularse a un empleo. También la
inmersión en la sociedad del conocimiento
y la información precisa de instrumentos
más certeros para expresar y
valorar las capacidades de las personas
y facilitar su crecimiento y desarrollo.
No obstante, un sistema de certificación
es mucho más útil si no se
limita a una visión credencialista y de
acceso temporal y, en cambio, se inserta
en una filosofía de aprendizaje a
lo largo de la vida. Más que un mercado
de certificados se precisa desarrollar
un mercado de oportunidades de
formación y desarrollo. La oferta de
mecanismos privados de certificación
seguramente va a desarrollarse ampliamente
por la dinámica del mercado y las
ocupaciones; pero corresponde al Estado
y a las Instituciones Nacionales
desarrollar los marcos de cualificación
de alcance nacional que permitan agregar
los logros, sumar las nuevas competencias
y describir las faltantes para
facilitar una trayectoria de formación a
lo largo de la vida.
El sector privado tiene mucho que
aportar sobre la pertinencia y calidad
de los certificados Las empresas, sobra
decirlo, son ricos ambientes de
aprendizaje y por tanto deben participar
activamente no solo en la elaboración
de los estándares sino también en
la generación posterior de oportunidades
de formación y desarrollo. Es
mucho lo que resta por hacer para
reactivar la formación en la empresa y
certificar las competencias adquiridas
en el trabajo.
La participación de los trabajadores
también le da validez y enriquece al
sistema, no solo como proveedores de
información sobre las competencias que
aplican en el día a día, sino también
como activos actores en la ejecución de
las acciones y en la actualización de los
perfiles.
Los sistemas de certificación no son
mágicos elevadores de las capacidades
nacionales; pueden, si, contribuir para
hacer evidentes las fallas de la educación
inicial en la generación de competencias,
pueden develar áreas para mejorar
en los sistemas de educación profesional,
ayudan a establecer necesidades de
formación, permiten observar los cambios
en la demanda por ocupaciones y
serán valorados como buenos vehículos
para facilitar la inserción laboral en trabajos
decentes y el mejoramiento de los
ingresos. Establecer un sistema de este
tipo, a cambio de la tradicional presión
por la certificación entendida como titulación
a ultranza, es una necesidad en los
países y atañe directamente a los encargados
de formular las políticas de empleo
y formación.
NOTAS
1 Servicio Nacional de Aprendizaje de Colombia
2 Instituto Nacional de Aprendizaje de Costa Rica
3 CHILE Califica: certificación de competencias
laborales validando la experiencia laboral.
Chile: Ministerio del Trabajo y Seguridad Social,
2005.
4 Además de las acciones que están desarrollando
las Instituciones de Formación Profesional
y varios actores públicos y privados se
acaba de conformar la Comisión Interministerial
de Certificación Profesional que, de
forma inédita en la región, está integrada por
los Ministerios de Trabajo y Empleo, de Desarrollo,
Industria y Comercio Exterior, y de
Salud y de Turismo.
5 Un análisis más técnico de los procesos y
modelos de certificación puede encontrarse
en: VARGAS ZÚÑIGA, Fernando. Competencias
clave y aprendizaje permanente.
Montevideo: Cinterfor, 2004. Herramientas
para la transformación, 26. [Capturado en 22,fev, 2005] Disponible: http://www.cinterfor.
org.uy/public/spanish/region/ampro/cinterfor/
temas/complab/doc/.
6 COMISIÓN EUROPEA. Hacer realidad un
espacio europeo de aprendizaje permanente.
Bruselas. 2001
7 OIT. Recomendación sobre el desarrollo
de los recursos humanos: educación, formación
y aprendizaje permanente, 195. Ginebra,
2004. Disponible: http://
www.ilo.org/ilolex/spanish/recdisp2.htm.
Acceso en 22, fev, 2005. Adoptado en
17.06.2004, en la Conferencia General de la
Organización Internacional del Trabajo, y
congregada en dicha ciudad el 1er de junio de
2004, en su 92ª reunión.
8 Id. ibid.
9 En los debates europeos se suelen clasificar los
aprendizajes en formal y no formal: el primero
se desarrolla en el sistema educativo tanto
en la educación formal como en la formación
profesional; el segundo incluye las actividades
planificadas y estructuradas (por ejemplo en
las empresas y en el trabajo mismo) pero no
reconocidas o integradas al sistema educativo
así como el aprendizaje que se verifica en las
actividades que las personas realizan en su
vida diaria.
10 UNESCO OIT. Enseñanza y formación
técnica y profesional en el siglo XXI. Recomendaciones
de la UNESCO y la OIT.
París, 2003.
11 Se alude a capital humano como “El agregado
del conocimiento, habilidades, actitudes y competencias
de todos los ciudadanos” (COMISIÓN EUROPEA.
Key competencies: a developing concept
in general compulsory education. Bruselas:
Eurydice, 2002). La OCDE lo define como
“el conocimiento, habilidades, competencias y atributos
plasmados en los individuos, que facilitan la
creación de bienestar personal, social y económico”.
12 En América Latina se han realizado experiencias
sobre la relación entre formación profesional
y productividad en México (Mertens,
OIT) y en Chile (SENCE). También la OCDE
ha documentado varios estudios efectuados a
fines de los 90 en Europa (v.: OCDE. Improving
workers’ skills: analytical evidence and
the role of the social partners. 2003. Disponible:
www.oecd.org .
13 COMISIÓN EUROPEA (2002) op. cit.
14 Organisation de Coopération et de Développement
Économiques - OCDE
15 Al respecto pueden citarse la Encuesta Internacional
de Alfabetización de Adultos (IALS)
y el Programa Internacional de Evaluación de
Estudiantes (PISA) organizados por la OCDE.
Las pruebas PISA se aplican a los jóvenes en
edad cercana a los 15 años cuando se encuentran
cursando los últimos años de la educación
básica, usualmente obligatoria.
16 Chile participó en la Encuesta Internacional
de Alfabetización de Adultos en 1998. Entre
los principales hallazgos se verificó que solo
un 14% de la población nacional, aún la que
disponía de mayores niveles educativos, no
exhibió las competencias básicas necesarias
para integrarse con éxito en la sociedad de la
información. Uruguay, con un 97% de tasa de
alfabetización, obtuvo puntajes bajo el promedio
de los países de la OCDE con similares
tasas de alfabetización.
17 OECD. Learning for tomorrow’s world:
first results from PISA. Paris, 2003.
18 Ej.: En Hong Kong, con una tasa de alfabetización
de 93.5%, sus estudiantes obtuvieron
550 en matemáticas, 539 en ciencias y
510 en lectura. En Corea, con una tasa de
97.9%, alcanzaron 542, 538 y 534 respectivamente.
19 En la literatura internacional se conocen como
Marcos Nacionales de Cualificaciones (NQF
por sus siglas en inglés).
20 En el 2003 el gobierno del Reino Unido fijó su
estrategia de desarrollo de recursos humanos
para los próximos diez años; el documento
titulado: “21st Century Skills –Realising Our
Potential” anota la persistente brecha entre la
fuerza de trabajo calificada en el nivel medio
(aprendices y técnicos): 28%, mientras que en
Francia es el 51% y en Alemania el 65%.
21 Al respecto es bastante ilustrativo el artículo:
WOLF, Alison. La medición de la competencia:
experiencia del Reino Unido. Revista
Europea de Formación Profesional, Berlin,
CEDEFOP, n.1, 1994.
22 Sobre el tema puede ampliarse en: ROJAS,
Eduardo. El saber obrero y la innovación
en la empresa. Montevideo: Cinterfor/
OIT. 1999.
23 Consejo de Normalización y Certificación de
Competencia Laboral (CONOCER) es una
organización integrada por trabajadores, empresarios,
educadores, capacitadores y el gobierno
federal que desde agosto de 1995 impulsa
la competencia laboral
24 VARGAS ZÚÑIGA, Fernando. (2004) op. cit.
25 BJORNÅVOLD, Jens. Identification, assessment
and recognition of non-formal learning: European
tendencies. Thessaloniki, CEDEFOP. 2001.
26 Argentina. MINISTERIO DEL TRABAJO,
EMPLEO Y SEGURIDAD SOCIAL. Marco
conceptual de la normalización y certificación
de competencias laborales. Dirección
Nacional de Orientación y Formación
Profesional. 2005
27 Se encuentran citados algunos estudios en:
OCDE. (2003) op. cit.
28 Se trata de la ICDL (International Computer
Driving License) que incluye siete módulos:
Conceptos básicos de TI, uso de computador
y gestión de archivos, procesador de textos,
hoja de cálculo, base de datos, presentaciones,
información y comunicación.
29 SENAI (Serviço Nacional de Aprendizagem
Industrial), SENAC (Serviço Nacional de
Aprendizagem Comercial), SENAR (Serviço
Nacional de Aprendizagem Rural) e SENAT
(Serviço Nacional de Aprendizagem do Transporte)
en Brasil.
30 Instituto Técnico de Capacitación y Productividad
- INTECAP
* Colombiano,Consultor del Centro Interamericano de
Investigación y Documentación sobre Formación Profesional
(Cinterfor/OIT). Administrador de Empresas
por la Universidad Externado de Colombia.
Postgrado en Evaluación de Proyectos por la Universidad
de los Andes. Ha brindado consultoría a varios
países e instituciones de formación en la región latinoamericana
y del Caribe.
RESUMEN
Fernando Vargas Zúñiga. Certificacion
y reconocimiento del aprendizaje:
viejos problemas, nuevos
desafios.
Repasa brevemente los antecedentes de
las acciones de certificación de capacidades
laborales realizadas por instituciones
de formación profesional de la región
latinoamericana y del Caribe; hace alusión
a la concepción actual del concepto de
certificación y diferentes acepciones usualmente
utilizadas al aludir a dicho término,
que lo asocia con el crecimiento
económico, la competitividad y productividad
así como a la conformación y desarrollo
del capital humano de un país.
Describe el potencial de los mecanismos
de certificación como vehículo motivador
para el aprendizaje permanente; revisa
las nuevas concepciones que, en relación
con la certificación, ha hecho explícitas la
Recomendación 195 de la OIT y, finalmente,
analiza algunos de los principales
desafíos que se enfrentan en la línea de la
institucionalización de sistemas de reconocimiento
de saberes y competencias.
Palabras clave: Certificación; Certificación
Ocupacional; Concepto; Recomendación
195 de la OIT; Certificación
de Competencia; Sistema de Certificación;
America Latina; Caribe.
E-mail: vargas@cinterfor.org.uy
Recebido para publicação em 03/03/05